lunes, julio 16, 2007

El declive del turismo en Canarias.


Es muy interesante, e importante, que se suscite el debate de la repercusión de la crisis energética sobre el turismo, nuestra principal fuente de empleo. Sin duda alguna, Canarias sufrirá el declive del petróleo en las carnes de su economía dependiente del crudo barato, esto es, en el declive del turismo, verdadero símbolo de la abundancia energética que está empezando a ser historia. Es difícil asumir esta variable, porque se nos hace difícil pensar hoy en una “sustitución” a la actividad que generan las más de 500.000 camas turísticas que permiten acoger a un increible despliegue de empresas y número de asalariados, y que nos han permitido tener hoy lo que tenemos.

Parto pues, de que es humano negar la mayor: que exista declive geológico del petróleo cercano, y que éste mutile nuestras perspectivas económicas. También es humano pensar que tendremos aviones propulsados por algo distinto al queroseno, cuyo precio seguirá subiendo en los próximos años y, por último, es legímito pensar que “alguien inventará algo”, por mucho que hoy no conozcamos evidencia alguna de ello. Pero creo que la aviación civil comercial, que no dejará de existir mientras vivamos, sí entrará en una era de fusiones de empresas como las que ya vemos, subidas progresivas de tarifas y, sobre todo, declive de su demanda por la más que probable entrada de la economía mundial en una prolongada recesión. El silogismo de menos petróleo igual a menos turistas, parece ser que funcionará.

¿Inevitable este panorama?

El Sr. Pablo Rodríguez González, investigador del IESA-CSIC, ha tenido a bien responder a mi artículo de opinión “Declive del turismo británico en Canarias”, con una colaboración en el diario electrónico http://www.canariasahora.com/ , intitulada “Sobre el declive del turismo británico”, cuestionando la relación entre crisis energética y descenso del turismo británico. Es de agradecer el respeto y la cordialidad del debate que se mantiene y, sobre todo, “el entrar al trapo” en su contenido. Normalmente, ante la cuestión del “cenit y declive del petróleo”, es habitual esconder la cabeza bajo el ala, o eludir la cuestión con mayor o menor elegancia. Considero modestamente que esa última estrategia no hace sino agravar los problemas, y dilatar en el tiempo el abordaje más o menos acelerado de las situaciones a las que se enfrentarán las islas.

Reproducimos el texto más adelante, en su totalidad. Ahora, comentamos sus principales apartados, algunos de ellos de sumo interés.

Comenta el Sr. Rodríguez que existe una “cierta repulsión a la realidad de la dependencia de Canarias del negocio turístico”. Coindido realmente con esta aseveración. Canarias hoy, con 2 millones de habitantes, y una importante densidad de población, importa el 85% de los alimentos que consume. Carecemos de otra industria alternativa hoy al turismo, por lo que es evidente que el sector turístico es el que nos permite la existencia de las islas como hoy las conocemos. Es lo que da de comer a cientos de miles de personas. Podríamos cuestionar su existencia, pero haríamos mal, porque implicaría alejarnos terriblemente de la realidad. No es posible concebir Canarias hoy sin la afluencia masiva de turistas. De ahí el drama del declive energético para las islas.

El turismo, como se ha dicho en numerosas ocasiones, surge como tal industria tras la segunda guerra mundial, con el despliegue de la aviación civil moderna, fruto a su vez del perfeccionamiento aeronaútico registrado en los aparatos militares, en un crecimiento exponencial que se registró tras la primera contienda militar del siglo. El turismo de masas es, por lo tanto, una actividad que cuenta con escasas décadas de existencia. No se entiende sin la energía barata. De hecho, donde la disponibilidad de energía es escasa, no existe turismo relevante. El turismo se ha desplegado de forma exponencial, generando un impresionante abanico de ofertas en los cinco continentes, en sitios inimaginables para nuestros ancestros.

Todos conocemos de la fragilidad del fenómeno turístico. La paz social instaurada en Occidente tras la segunda guerra mundial es la base del crecimiento de la actividad, unido a la abundancia energética. Sabemos que esa “paz geopolítica” se está resquebrajando a marchas forzadas en Medio Oriente, que alberga 2/3 de las reservas mundiales de crudo. Por otro lado, el mayor peligro para el turismo es la falta de seguridad y “el que las cosas empiecen a ir mal”. Si existen problemas en los mercados de origen, es lógico que veamos problemas en los destinos. Ha sido proverbial el alejamiento que los análisis de mercados turísticos realizados en Canarias han tenido con respecto al comportamiento del turista en origen.

La crisis energética global es un fenómeno asociado al cenit y declive del petróleo. La Agencia Internacional de la Energía, en su Informe de Julio de 2007 plantea claramente que estamos ante una creciente brecha entre una oferta insuficiente y decreciente a corto y medio plazo, y una demanda cada vez mayor. En el juego del mercado en el que vivimos, eso supone fuertes y crecientes precios energéticos. Y podemos asegurar, con Kjell Aleklett, el geólogo sueco presidente de la Asociación para el Estudio del Cenit del petróleo y el gas, que existe una correlación directa entre decrecimiento energético, subida de los precios de la energía, y decrecimiento económico. Claro está que el decrecimiento económico causará un declive turístico, al “empezar las cosas a ir mal”.

La caida más o menos importante del turismo británico en Canarias se debe a multitud de factores. No es un análisis sencillo el que debamos hacer, si queremos hacer honor a la verdad. Pero también es cierto que existen “grandes motivos” y “pequeñas causas” en los análisis. En ocasiones se superponen ambas, y se invierte incluso su foco de atención. Hasta cierto punto, es comprensible, y humanamente entendible. Porque, ¿qué margen de actuación tiene Canarias ante el declive de uno de los grandes yacimientos de petróleo y gas del mundo, en el Mar del Norte? Escaso, claro. Por ello, preferimos centrarnos en la promoción turística, en la excelencia de nuestro destino y en un largo etcétera de factores también destacables, pero secundarios ante la imponente realidad geológica.

Lo que está ocurriendo ya hoy en Gran Bretaña es un cambio de ciclo. El que siga la prensa insular inglesa lo detectará fácilmente: los síntomas se agolpan. No hay que olvidar que Gran Bretaña es un país en guerra, con el mayor número de tropas en el extranjero tras EE.UU., evidentemente para tener acceso al petróleo y gas extranjeros. Su ejército se encuentra en quiebra técnica, según se ha reconocido públicamente. Los sustanciales ingresos públicos que provienen de la exploración del Mar del Norte están decreciendo de forma importante, como el mismo yacimiento. Esta potencia mundial se ha convertido ya hoy en una importadora de energía neta, y el enfriamiento económico, tras dos décadas de crecimiento exponencial, están alcanzando al público medio de la isla: incremento de los impagos de la vivienda, cuyo precio ha subido exponencialmente, así como la deuda de los hogares; y la lógica inflación, cuyo repunte está obligando al banco central inglés a subir los tipos de interés. Este “cambio de ciclo” parece consolidarse, y esto tiene consecuencias: el turista británico elige destinos de “bajo coste”, que proliferan, no planifica su viaje con tanta anticipación y espera ofertas. Es el signo de un cambio de comportamiento, no hacia la “modernidad”, sino hacia la “baratura”.

Es evidente que una de las consecuencias de la opción por los precios bajos es la opción por el “bajo coste”. Este fenómeno es aparentemente contradictorio con respecto a la subida de los precios de la energía. Pero nada más lejos de la realidad. IATA, la asociación internacional para el transporte aéreo, ha emitido recientemente un Informe en el que reconocía que el año 2006 había sido el primero en el que los costes del combustible en las mayores líneas aéreas había superado, por primera vez en las décadas recientes, al coste del personal. Este cambio de tendencia se agravará en los próximos años, con el coste creciente del petróleo, así como el incremento de la tensión laboral resultante, como por otro lado ya estamos empezando a ver. La industria aeronaútica civil es una poderosa arma empresarial, con un capital fijo – sus aviones y handling – de estimable valor, con un “producto” de enorme atractivo para el hombre occidental moderno: el viaje rápido ha crecido de forma espectacular, y se han cosechado beneficios y rentas que permiten la generación de líneas que operan con umbrales de coste llevados hasta el extremo más bajo, con escasos salarios relativos de su personal, mínimas escalas y combustible auxiliar, y con medidas de seguridad que también estan en los umbrales, según han denunciado pilotos de aviación. Las líneas de bajo coste son “flor de un día” en la historia de la aviación. Volar ha sido cada año una actividad que se ha realizado con mayor eficiencia energética, en una sorprendente carrera de la ingeniería aeronaútica que ha permitido un increible desarrollo de la aviación moderna. Sin embargo, este espectacular hecho no nos puede ocultar el hecho de que el transporte aéreo seguirá siendo un consumidor importante de energía que cada vez será más cara – los precios del petróleo han subido una media de un 14% anual en los últimos cinco años, y parece que seguirán subiendo en el futuro -, y que cualquier incremento de la eficiencia es neutralizado por el incremento de la flota de aviones, jugando ahí un papel importante la Paradoja de Jevons y, desde luego, la Ley de la oferta y la demanda.

El Sr. Rodríguez expone que una prueba de que el cambio de decisión de visita de los británicos no se debe a motivos energéticos es que la entrada de los mismos se ha incrementado en los últimos años en la España peninsular. Efectivamente. Ofrece el Sr. Rodríguez interesantes datos, reconociendo un descenso de viajes turísticos de los británicos entre 2000 y 2004, lo que reafirma la tesis de que se viaja menos. El turista británico, que forma parte de una impresionante legión que se ha multiplicado en los últimos 20 años, podría estar tomando otras decisiones: probablemente estemos viendo cómo las aproximadamente dos horas y media más de avión que nos distancian de la península, con repercusiones en el coste del billete medio – no de esas ofertas de last minute de creciente importancia, pero no significativas aún en el cómputo total – puedan estar acercando a más británicos a la península que a las islas, o a otros destinos. Este dato es importante. Recientemente, el delegado de TUI en Gran Canaria expresaba que “una hora de queroseno es mucho dinero”. Es así de sencillo. Ante un panorama de extraordinaria sobreoferta, nuevamente la Ley de la oferta y la demanda funciona con agilidad: la península, u otros destinos, ofrece costes de traslado más baratos que Canarias. No significa esto que las reglas del coste funcionen automáticamente, pero creo que marcan una significativa tendencia.

Los viajes al extranjero han caido poco, en relación con los viajes interiores de los británicos, nos explica el Sr. Rodríguez, lo que vendría a confirmar una presunta independencia del factor energético de la decisión del viajero. En primer lugar, se reconoce una ligera bajada en los desplazamientos al exterior en el periodo de 2000 – 2004 (un 0,4% menos), lo que teniendo en cuenta anteriores crecimientos, nos permiten hablar de descensos reales y decrecimiento, invirtiendo una tendencia histórica importante. Por otro lado, se olvida que el “turismo interior” es también indicativo de la situación de una economía, especialmente de la de su estrato social medio – bajo. Precisamente es este sector el que primero empieza a sentir las situaciones de crisis de cualquier tipo, y el que más rápido modifica su decisión de gastar dinero en trasladarse, y ahorra. Por lo tanto, los datos que se ofrecen confirman, lejos de desmentir, este cambio de comportamiento: se viaja a entornos más cercanos, con menos costes; globalmente se invierte la tendencia histórica de viajar, asunto clave en la evolución de las cifras turísticas; y, por último, los que menos tienen, viajan menos, confirmación de un posible cambio de patrón económico.

Nada de esto implica, evidentemente, que no podamos encontrar vaivenes y tendencias oscilantes en el comportamiento del turismo, porque nos encontramos ante un problema de gran complejidad. Quizás pueda haber repuntes de entradas de turistas, pero lo que aquí abordamos es la tendencia general que, finalmente, será la dominante y más a tener en cuenta. Por otro lado, hay varios factores que pueden influir en esas oscilaciones:

a) La amortización del producto turístico, vía abaratamiento del mismo: se multiplican las ofertas. Podemos hablar de “alojamientos turísticos de bajísimo coste”. Es preferible, para cualquier agente del sector, tener actividad aunque esta tenga bajísimos precios, que no tenerla, antes de tomar la decisión de cerrar una actividad. Por ese lado se puede atraer consumo de ocio turístico, aquí y para el cliente extranjero. Esta estrategia, que ya viene mucho tiempo funcionando, se agudizará en el futuro. Esto repercutirá probablemente en el empeoramiento de las condiciones laborales: igualmente, será preferible mantener un puesto de trabajo mal remunerado, a formar parte de la regulación de empleo de una instalación del sector turístico.
b) Inseguridad geopolítica: el estallido de un conflicto bélico en Oriente Medio y el incremento de la amenaza terrorista en algunas zonas del mundo podrían atraer, como ya lo ha hecho en otras ocasiones, a un turismo que hoy viaja a Egipto, Turquía, Túnez o Marruecos.
c) Las ayudas públicas: aunque las Ayudas de Estado estén formalmente prohibidas, los gobiernos de las diferentes administraciones entrarán en una pugna por la atracción del turista. La promoción agresiva se enfundará de presentes más o menos evidentes para atraer al turista a tal o cual destino. La subvención al viaje del turista estará presente durante un tiempo, hasta que otros factores la hagan insostenible.
d) La bajada del precio del petróleo por contracción de la demanda. Según han explicado algunos expertos, el detonante de una subida de los precios de la energía y un previsible crack económico, podría suponer una contracción importante de la demanda, lo que bajaría momentáneamente los precios de la energía. Esta bajada, en alguna medida, puede estimular una cierta recuperación del destino turístico, aunque en un escenario de descenso generalizado de la actividad.

Como se suele decir, “buenos resultados pasados no garantizan rentabilidad futura”. El Sr. Rodríguez trae a colación un interesante estudio de la Consultora YouGov, (cito textualmente) “sobre las pautas de ahorro y endeudamiento de los británicos en relación con el consumo turístico. Entre otros datos, este estudio señala que el 27% de los turistas británicos gasta por encima de sus posibilidades en sus viajes, que el 44% viaja sin haber ahorrado el coste total de sus vacaciones y que el 10% sale de viaje sin haber terminado de pagar el anterior”. Como dice el Sr. Rodríguez, “parece ser que los británicos prefieren endeudarse hasta las cejas antes que dejar de viajar”, a pesar del incremento de los precios del petróleo. Esta información vendría a confirmar, sin embargo, una más que preocupante tendencia. El recurso al endeudamiento, y el reconocimiento de la falta de capacidad de ahorro, son síntomas de debilidad evidentes. La inercia viajera forma parte del habitual comportamiento del turista. Parte de su way of life implica viajar; es un signo de distinción y, como en el caso del uso del coche, su comportamiento es relativamente ineslástico ante las subidas de los precios. Pero, claro, esta situación no se puede mantener hasta el infinito…El británico ha querido seguir viajando, y para ello crecientemente tiene que recurrir al endeudamiento. Un economista vería este hecho como preocupante, no como síntoma de fortaleza en el comportamiento del cliente. El problema vendrá cuando las circunstancias económicas domésticas le obligen, no a cambiar de destino a uno más barato, o a improvisar viajes de última hora económicos, etc. El problema vendrá cuando al endeudado ciudadano, los bancos no le fíen más, o le fíen con un tipo de interés inasumible; o, cuando decididamente, cancele su viaje este año, “porque las cosas no me van bien”. Podríamos estar ante los indicios de que esa situación se registre en un futuro inmediato.

El Investigador del CSIC expone que su tesis para dilucidar el descenso del turiso británico en Canarias “está en la baja implantación de las compañías aéreas de bajo coste en nuestras islas”, frente a los importantes márgenes alcanzados en otras zonas de la península”. Está claro que el low cost está suponiendo una conquista del mercado de la aviación: crece más rápido que el crecimiento hasta ahora del turismo, lo que supone que cada vez más los viajeros escogen estas líneas aéreas frente a las “regulares”, que se han tenido que adaptar de alguna manera ofertando un abanico cada vez más complejo de precios en sus trayectos. Expone el Sr. Rodríguez que Canarias no sería un destino atractivo para ese modelo por diferentes razones: “tiempo de viaje, saturación de los aeropuertos, falta de subvenciones públicas, falta de flujos bidireccionales que justifiquen el establecimiento de conexiones regulares, etc”.

Tiene mucha razón el Sr. Rodríguez en vincular el coste al descenso del turismo a Canarias. Volar a Canarias es más difícil con bajo coste, porque estamos más lejos. De hecho, cada vez estaremos más lejos, con la subida permanente de los precios del petróleo debido a su cenit y declive posterior. Ya llegan a Canarias aviones de ese tipo, y seguirán llegando. Que en algún momento lleguen a dominar el mercado, como ya ocurre en otros lugares, podría ser interpretado como una fortaleza, pero es signo de debilidad. El cliente paga bajos costes para ir al destino, y podría ser que no todos estuvieran dispuestos a pagar más por lo mismo en un futuro próximo, cuando los costes asciendan. Porque es preciso tener en cuenta, como se ha dicho, que el low cost obedece a una estrategia empresarial de minimización absoluta de gastos, y es difícil ir más allá, o mucho más allá, y más aún difícil mantenerla en el tiempo. Los precios de petróleo serán un factor determinante a medio plazo, en varios aspectos: por un lado, veremos recargos más o menos progresivos. También veremos fusiones de aerolíneas, como ya se anuncian, igualmente en las líneas de bajo coste, y reducción de la artificiosa competencia que ha alumbrado al mercado de las aerolíneas en los últimos años. Como es sabido, las fusiones son síntoma de saturación del mercado, y de expansión del capital de una empresa, no de expansión del número de clientes. Y, finalmente, veremos como algunas estrategias de compañía no se sostienen, por la reducción de la demanda, y por el incremento de los costes. Veremos quiebras de líneas aéreas.

Lo que le ocurre a Canarias es que forma parte de una sobreoferta internacional de destinos turísticos que no se puede mantener en el tiempo, en la era del petróleo cada vez más caro. La multiplicación del turismo nos ha creado la falsa percepción del “crecimiento infinito” de una de las industrias más próspera de las últimas décadas. Se han llegado a consolidar importantes destinos turísticos transoceánicos, destinos de masas como el de las Islas, y el fenómeno de la residencia veraniega para el extranjero centroeuropeo. Este fenómeno llegó a su máximo exponente en el comienzo del Siglo XXI en Canarias. Como comenta acertadamente el Sr. Rodríguez, “Canarias consiguió acercarse artificialmente a los emisores turísticos europeos con el modelo de transporte aéreo masivo vigente hasta los años 90”. Esa “artificiosidad” es fruto de la abundancia. Con la escasez creciente, vendrá el “alejamiento real” del continente, más o menos progresivo, más o menos abrupto, pero inevitable en términos históricos, y por motivos naturales: el declive permanente del volumen extraíble de crudo en el mundo. Nos olvidamos rápidamente, sin duda alguna porque resulta duro de aceptar, que más de 60 países del mundo producen cada año menos de petróleo, en una tendencia inevitable; que desde los años 60, el mundo descubre cada vez menos yacimientos y más pequeños; que cuatro de los grandes yacimientos gigantes de petróleo se encuentran en declive permanente; que una creciente nómina de geólogos han situado el cenit del petróleo convencional en el año 2005 y el de todos los “petróleos” en el año 2011-2012. No queremos aceptar que los límites están ahí.

Será interesante ver la evolución del mercado turístico en este panorama. El turismo está en los años de máxima “producción”, lo que, como dijimos, dificulta la percepción de los problemas emergentes. ¿Volveremos al turismo estacional de larga estancia, con precios del petróleo más caros? Canarias se ha especializado en la cantidad de turistas: necesita muchos millones de pasajeros para optimizar su oferta y los cientos de miles de personas que de su actividad dependen. Sin embargo, el horizonte podría ver descensos significativos del número total de desplazados, por los motivos expuestos. El vigor enorme del turismo mundial tiene pies de barro, como es fácil de reconocer ante el declive energético. Las economías del ocio son las primeras víctimas del malestar económico que probablemente recorra las sociedades occidentales. Nos dice el Sr. Rodríguez que, pese a la escalada del crudo, el turismo no ha dejado de crecer. Efectivamente, los importantes recortes en otros apartados de los costes de una aerolínea (insisto, en ocasiones, rozando límites de seguridad más que dudosos, según algunos), la sobreoferta mundial y correspondiente caida de precios; la burbuja enorme de crédito – antesala de graves problemas reconocidos por varias instituciones económicas internacionales – que alimenta el consumo; etc. han logrado neutralizar esas subidas. Pero, repetimos, todo tiene un límite. La paradoja del bajo coste que vivimos se mueve en los pantanosos terrenos de la viabilidad a medio plazo. Olvidamos que estamos en la era del éxito rápido, y el bajo coste y el despliegue fascinante de nuevas infraestructuras turísticas en todo el mundo pueden explicar también la llegada de su techo, antes de la posterior caida de la actividad. Nunca fulgurantes ascensos fueron promesa de grandes y duraderas actividades.

El declive del turismo no puede ser sino motivo de preocupación para los canarios. Nuestro modus vivendi actual y, sobre todo, pretender “crecer” aún más, está en peligro por la realidad de limitación de los recursos energéticos. Cómo transcurrirá este hecho, no es posible hoy saberlo, pero el factor energético, minusvalorado hasta la extenuación, formará parte importante de los argumentos para entender lo que viviremos en un futuro.

Pertenecemos a una sociedad y a un entorno económico que tiene una de las tasas de consumo de energía más alta del mundo. Nuestra dependencia es abrumadora, y parece lógico pensar que aquellas zonas del mundo más dependientes del exterior serán las que más padezcan los límites crecientes en la disponibilidad de petróleo. Evidentemente, estas afirmaciones no implican derrotismo ni hacer causa común por las visiones apocalípticas. Deberíamos, en estas islas, afrontar con perspectiva el fenómeno del cenit y declive del petróleo de forma responsable, y sus repercusiones cercanas sobre nuestra situación local. El peligro de no ejercer el sano y urgente debate en torno a esta cuestión reside en afrontar en peores circunstancias los posibles escenarios de declive energético que muchos expertos anuncian.

COLABORACIÓN
Sobre el declive del turismo británico
Pablo Rodríguez González *
Con no poca frecuencia, la intelectualidad de estas Islas manifiesta Parece que nos avergonzamos de vivir del turismo: cuando no añoramos una edad de oro agrícola, evocamos un frustrado desarrollo industrial o planteamos un futuro de economía del conocimiento y plataforma mercantil. Lo cierto es que el momento de la autosuficiencia agrícola (si hemos de hacer caso a Macías o Aguilera Klink) pasó hace varios siglos, hoy por hoy se está desindustrializando toda Europa y a lo del conocimiento y el mercadeo estamos llegando tarde y mal…
Estas reflexiones vienen a cuento de una de las retóricas recurrentes en esta ideología antiturística: el mito del fin del Turismo. Ciertamente, la experiencia histórica nos ha dado varias lecciones de lo que ocurre con los monocultivos como vía de inserción en el mercado internacional: llega un momento en que las condiciones del mercado o los adelantos tecnológicos o cualquier otra circunstancia elimina nuestra ventaja competitiva y toca un duro proceso de reconversión. Otra cosa es que hayamos aprendido esa lección.En el caso de los pronósticos del fin del Turismo, se suele hablar de la emergencia de destinos competidores con precios más baratos que los nuestros (por mayor cercanía, por menores costes de mano de obra, etc.) que nos arrebatarán nuestra posición privilegiada en el mercado. Se ha hablado también del abandono del sol y playa en el que se basa nuestro producto en beneficio de motivaciones turísticas más sofisticadas y posmodernas. También está de moda últimamente la tesis de que el calentamiento global va a eliminar nuestra ventaja climática. Por último, tenemos la tesis de la crisis energética, que al reducir indirectamente la renta disponible y disparar los precios del transporte aéreo, inhibiría los viajes turísticos. Esta es la tesis que plantea Juan Jesús Bermúdez Ferrer en su artículo de Canarias Ahora del 12 de julio de 2007. En la medida en que considero sus argumentos como mínimo desinformados, creo que es preciso un análisis más concienzudo del fenómeno de la crisis del mercado británico en Canarias. Vayamos por partes.En primer lugar, tratemos las dimensiones de la crisis. Bermúdez señala una caída del mercado británico en Canarias del 10% en los últimos cuatro años, aludiendo a datos oficiales. Supongo que se refiere a los datos del Istac, que señalan una caída del 10,3% en este mercado. Sin embargo si atendemos a la estadística de movimientos en fronteras, Familitur (que elabora el Ministerio de Turismo) apunta que esta caída es solo del 7,9%: algo más de 300.000 turistas menos. No deben extrañar estos bailes de cifras porque son el pan nuestro de cada día en las estadísticas turísticas. Porque si atendiéramos a los datos que elabora cada Cabildo veríamos que tampoco cuadran. ¿Por qué veo preferible este último dato? Porque, admitiendo que se ha producido esta pérdida de turistas británicos en Canarias, los datos del Ministerio nos permiten ver qué ocurre con el resto de España.Y ahí está el gran problema de la argumentación del señor Bermúdez: de ser cierta su tesis de que la caída de los británicos en Canarias responde a los problemas energéticos del Reino Unido, el descenso en el número de turistas británicos debería afectar también al resto de destinos españoles. Pero resulta que no ocurre así: la llegada de británicos a España ha subido en los últimos cuatro años un 6,3%, recibiéndose en 2006 casi un millón de turistas británicos más que en 2003. Más aún, si atendemos a las estadísticas que publica Eurostat, los viajes turísticos de los británicos han experimentado un descenso importante (-4,1%) entre 2000 y 2004. Pero este descenso ha sido más pronunciado en los viajes en el interior del Reino Unido (-7,4%) que en los viajes al extranjero (-0,4%). Pero si realmente fuera el coste energético lo que estuviera inhibiendo el turismo británico, debería ocurrir lo contrario: los viajes al extranjero deberían caer más que los interiores. Al no disponer de datos oficiales en origen de lo ocurrido en 2005 y 2006 con la demanda turística británica, dejaremos esto pendiente. Aunque los estudios de consultoras y los datos recientes que publican las compañías aéreas y touroperadores británicos apuntan que se ha producido una recuperación importante, aún cuando no señalan crecimientos relevantes.Lo que quiero resaltar es que la llegada de británicos a España en los últimos años, con precios record del barril de petróleo, no solo no se ha inhibido, sino que ha aumentado. Recientemente, el banco Alliance & Leicester hacía públicos los resultados de una encuesta de la consultora YouGov sobre la pautas de ahorro y endeudamiento de los británicos en relación con el consumo turístico. Entre otros datos, este estudio señala que el 27% de los turistas británicos gasta por encima de sus posibilidades en sus viajes, que el 44% viaja sin haber ahorrado el coste total de sus vacaciones y que el 10% sale de viaje sin haber terminado de pagar el anterior. El argumento de que la nueva era energética y las dificultades económicas de Gran Bretaña inhiben su comportamiento turístico resulta un tanto traído por los pelos. Parece ser que los británicos prefieren endeudarse hasta las cejas antes que dejar de viajar. Con lo que habría que ver por qué está ocurriendo lo contrario en Canarias.Mi tesis para explicar este fenómeno está en la baja implantación de las compañías aéreas de bajo coste en nuestras islas. La irrupción de estas compañías está trastocando el mapa de las distancias turísticas en Europa: en el año 2005, el 29,7% de los turistas que llegaron a España en avión recurrieron a una compañía de este tipo. La cifra es más alta en Andalucía (47,7%), la Comunidad Valenciana (54,8%) o, con un menor volumen, en Murcia (92,3%). Mientras, a Canarias solo llegó al 10%. Datos más recientes elevan estas cifras considerablemente: en mayo de 2007, las entradas aéreas mediante compañías de bajo coste llegaron al 38,9% del total. Por su parte, los británicos son usuarios destacados de este tipo de compañías: el 39,5% de los que llegaron a España en avión en 2005 usó este tipo de compañías, cifra que ha subido hasta el 43,8% en el mes de mayo de 2007. Los alemanes, holandeses, belgas y austriacos recurren incluso en mayor medida que los británicos a este tipo de compañías.El problema es que Canarias no es un destino atractivo para el modelo de negocio de las compañías aéreas de bajo coste por distintas razones: tiempo de viaje, saturación de los aeropuertos, falta de subvenciones públicas, falta de flujos bidireccionales que justifiquen el establecimiento de conexiones regulares, etc. En Fitur 2007 pregunté a un directivo de Vueling, una compañía aérea de bajo coste española, por qué no habían establecido conexiones entre la Península y Canarias. Su respuesta fue tajante: los canarios creen que Canarias está más cerca de Europa de lo que realmente está. De hecho, Canarias consiguió acercarse artificialmente a los emisores turísticos europeos con el modelo de transporte aéreo masivo vigente hasta los años 90. Por aquel entonces, la temporada invernal canaria permitía a las compañías charter europeas mejorar la ocupación anual de una flota dimensionada para la temporada alta estival de los destinos del Mediterráneo. A estas compañías les interesaba volar a precios bajos a Canarias durante el invierno antes que dejar sus aviones en tierra. Pero esto ha cambiado con las compañías de bajo coste, que establecen líneas regulares con frecuencias constantes durante todo el año y a los que no les interesa despachar kilómetros por pasajero sino tan solo pasajeros. Las compañías de bajo coste cobran de los aeropuertos e instituciones de fomento turístico de los destinos por número de pasajeros transportados, así que no le interesa volar dos veces al día a Canarias si ese mismo avión puede volar cuatro veces a Gerona o a Charleroi (Bélgica).Considero que esta explicación de la crisis del turismo extranjero y del británico en particular es más satisfactoria que la visión catastrofista de un consumo turístico limitado por los costes energéticos, ya que en ese caso el descenso del número de turistas debería ser generalizado y no afectar solamente a Canarias. Ciertamente, los flujos turísticos son bastante volátiles y requieren de cierta paz económica y social. La crisis energética de los años 70 tuvo importantes repercusiones para Canarias. Sin embargo, durante los tres últimos años se ha producido un encarecimiento relativo del precio del petróleo similar al de entonces y, según apuntan los datos de la Organización Mundial del Turismo, el número de desplazamientos turísticos no solo no se ha detenido sino que continúa creciendo a buen ritmo: hoy día, las compañías aéreas ponen a la venta 300 millones de plazas de avión al mes en todo el mundo.No quiero decir con esto que el modelo actual de consumo energético no tenga fecha de caducidad. Ciertamente, las energías fósiles van a experimentar un declive importante a lo largo de este siglo y esto va a afectar, si no median nuevas soluciones energéticas, al negocio turístico del que comemos los canarios. Los gobernantes responsables deberían estar buscando ya una forma de diversificar la economía canaria a medio plazo para reducir el impacto de este acontecimiento más que previsible. Y esto podría ser hasta beneficioso para el propio negocio turístico. Pero a corto plazo, achacar la crisis del turismo extranjero a una supuesta crisis energética es erróneo y puede desviar la atención de lo que actualmente es más urgente: posicionar a Canarias en la nueva configuración que está adoptando la red europea de transporte aéreo de pasajeros.* Investigador del IESA-CSIC

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