lunes, diciembre 17, 2007

Canarias y la (incómoda[1] e inevitable) cuestión de la población


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Abordamos en estas líneas la “cuestión de la población”[2], su relación con la “capacidad de carga” de un territorio, la evolución que esa capacidad puede tener en una era de creciente escasez (carestía) energética – así como el importante rol que la energía y el conjunto de recursos juega en mantener o no una capacidad de carga determinada – y, por último, las respuestas que hoy se dan a la situación y propuestas de limitación poblacional, y líneas de debate para abordar, con la importancia que requiere, una cuestión clave en nuestros próximos tiempos: cómo afrontar las tensiones crecientes entre unos recursos naturales vitales en declive y un crecimiento global de la población mundial, centrándonos finalmente en el ámbito de Canarias[3].

Capacidad de carga de un territorio.

Los ecólogos, atentos a la dinámica de los ecosistemas, consideran las interacciones entre especies, las cadenas tróficas y, en general, las condiciones en que cada población de seres vivos se desenvuelve y tiene limitada su existencia. El mantenimiento de las características de un ecosistema en equilibrio[4] requiere de unas variables más o menos estables, a su vez, para mantener una relación más o menos estable de las especies, basado por lo demás en relaciones de competencia y cooperación, vida y muerte. En el caso de que en un territorio se den circunstancias que provoquen la disminución de recursos – por ejemplo, disminución de la disponibilidad de agua por una situación de sequía más o menos habitual -, existe una adaptación y regulación de la “capacidad de carga” de población en el territorio, en forma de mortandad o migraciones por parte de los seres vivos dependientes de un estado determinado de recursos hídricos. Las poblaciones se regulan continuamente entre sí, y se adaptan sin solución de continuidad a la variabilidad propia de todo entorno vivo, de acuerdo con las estaciones, los periodos climáticos, la interacción con otros ecosistemas, etc.

Los humanos somos una especie más en el ecosistema – mundo que la globalización antropomórfica ha creado, siendo nuestras relaciones económicas y sociales una extensión de esa dinámica descrita. También existe en cada uno de sus espacios una capacidad de carga límite y, además, existen movimientos de población en forma de nacimientos y mortandades, que regulan la presencia humana en los ámbitos adaptados para la vida del homo sapiens. Como los demás seres, aunque en una proporción fabulosamente superior, precisamos (los seres de las sociedades ricas) de ciertos requerimientos (materiales) – alimentos, agua, aire, etc. – para mantenernos vivos y, en su ausencia, pereceríamos, amen del ciclo vital natural. La cantidad de población que habita un territorio, en última instancia, estará determinada por la accesibilidad o disponibilidad de esos recursos elementales. Evidentemente, competimos por ellos, en una escala hoy mundial.

También, como los otros seres vivos, cada uno en su ecosistema, necesitamos de energía para “movilizar” los nutrientes que nos permiten mantener la vida. La definición de un ecosistema – o sociedad, añadimos - viene dada aquí por la usada por los ecólogos en sus estudios, que hablan de “una porción de la naturaleza o de la ecosfera, limitada conceptualmente por un borde, frontera o interfase a través del cual pasan continuamente y en ambas direcciones energía y sustancias químicas”[5]. Nuestra frontera, como especie, es la de la Tierra misma; nuestra energía, esencialmente la de los hidrocarburos y la solar que permite la producción de alimentos (ayudada en una escala extraordinaria por los combustibles fósiles); y a nuestra disposición, la menguada litosfera y sus minerales.

Esquivar el debate de la capacidad de carga.

Una de las tareas del “hombre moderno” ha sido la de esquivar, por diferentes motivos, los debates de la capacidad de carga de ese ecosistema - mundo, usando argumentos que van desde lo económico, o lo tecnológico a lo moral (la moral propia del hombre moderno). Y, en parte, ha podido hacerlo durante las seis últimas generaciones que han presenciado el nacimiento y culmen de la revolución industrial y tecnológica. Sabemos que Malthus, en su Ensayo sobre la población[6], planteó la cruda cuestión de que la población no puede crecer indefinidamente en un entorno finito, algo obvio: “la capacidad de crecimiento de la población es infinitamente mayor que la capacidad de la tierra para producir alimentos para el hombre”[7]. Como hemos dicho[8], probablemente Malthus no se equivocó en su análisis, sino que no previó el enorme insumo energético que la población del mundo iba a recibir en la era de los combustibles fósiles, cuyos albores vivió. Precisamente, la multiplicación de la energía primaria por habitante ha sido de tal magnitud en el periodo histórico 1850 – 2006, que ha permitido la transformación por parte de una especie – la humana – de un territorio – el Planeta entero – para la movilización de sus materiales – nutrientes – en aras de incrementar la capacidad de carga del territorio donde vive[9]. Sin ese influjo, no hubiera sido posible el incremento de la capacidad de carga de la Tierra, como de hecho no lo fue en los cientos de miles de años anteriores de existencia del hombre, durante los cuales su presencia en el territorio se veía limitada por su propia (a los efectos de la visión del hombre moderno) capacidad física – energía endosomática humana – y ésta, a su vez, condicionada por la cantidad de alimentos y recursos limitados que podía obtener de su ecosistema local. Así, sabemos de la existencia de una cierta estabilidad poblacional en la historia del homo sapiens en la Tierra, hasta el descubrimiento del fuego y, posteriormente, tras el último fin del periodo de glaciación, con el advenimiento de la hoy esencial agricultura. Esos episodios supusieron hitos en la conquista del hombre de nuevos espacios antes no habitables, la ingesta de animales antes no digeribles, y la defensa ante otros mamíferos y condiciones de vida que condicionaban su expansión[10].

La multiplicación de la energía disponible – otrora en forma de esclavos para los “ciudadanos” de las civilizaciones que surgieron del dominio de los grandes cursos fluviales – está en el origen de la multiplicación humana, y esa reflexión está en el origen – aunque quizás no explícito – del pensamiento malthusiano. El trabajo – energía – del hombre y las bestias de su época no podía sino ofrecer una cantidad determinada de alimentos, que no se podían multiplicar, sin multiplicar el espacio – finito – de la tierra donde se habitaba. La conciencia del límite fue posteriormente denostada al refugiarse el crecimiento exponencial de la población humana, primero en la conquista de las nuevas fronteras (Nuevo Mundo y movimiento colonizador) y después en el generoso manantial energético que suponen los combustibles fósiles, y sobre todo el petróleo, “lubricante” del funcionamiento del ecosistema “Tierra – mundo globalizado”[11].

Sabemos que la energía fósil – como antes con la madera[12] y los animales de tiro - moviliza mercancías con valor alimenticio, procura el desplazamiento de poblaciones a zonas insospechadas habitando zonas inhóspitas y multiplica realmente los panes y los peces, a través del uso masivo de fósiles para la obtención de fertilizantes[13] y el enorme sistema de inyección energética que supone la agricultura moderna, absolutamente dependiente de los combustibles fósiles[14].

Sin embargo, el cenit y declive del petróleo, que plantean el advenimiento de una nueva era histórica, de “pos - exuberancia”[15], y de “racionamiento del petróleo” por la vía de los precios, supondrá el importante cuestionamiento de este axioma moderno de la aparente y extensa capacidad de carga poblacional del Planeta. No es posible mantener la abundancia porque no existe parangón posible en las características de densidad energética de los combustibles fósiles, recurso forjado tras decenas de millones de años de procesos geológicos que dispusieron enormes cantidades de plancton marino, en un proceso de concentración, altas temperaturas y presión ideales para crear las cadenas de hidrocarburos, cuya combustión tiene un gran poder de “movilización de moléculas”, un gran poder calorífico, en un porcentaje muy superior al de otros materiales combustibles.

Así pues, con el declive del petróleo, que moviliza además la accesibilidad a los demás recursos o fuentes energéticas – la disponibilidad en la escala actual de carbón y gas, el transporte, extracción y gestión de materiales relacionados con la industria nuclear, los procesos industriales que permiten el mantenimiento y construcción de presas, aerogeneradores, paneles solares, plantas de biomasa, etc. – volverá a la luz el debate aplazado que planteó Malthus, con toda su crudeza. No será posible evitarlo, porque la escasez energética nos pondrá de bruces contra los límites físicos de acceso a materiales vitales, pero con poca energía disponible.

Probablemente, el dilema no tenga solución en los términos en que el hombre moderno pudiera plantear el sofisma, deudor éste de la “tecnología”[16] y “progreso”[17], hombre al que simplemente pensar en una dimensión “premoderna” – esto es, con escasez de recursos exosomáticos disponibles – le causa pavor. Pero no por ello deja de plantearse la cuestión ni, como se dice, por negar las evidencias dejan de tener lugar los acontecimientos que éstas indican.

Las demás especies que nos acompañan en la biosfera tienen una limitada capacidad de análisis ante fenómenos adversos (así como limitados medios de defensa ante la “sexta gran extinción” que la multiplicación humana les está causando). Probablemente nosotros, en el ámbito de la acción, colectivamente también tengamos ese “déficit”, actuando como especie social que somos[18]. Pero, al menos, tenemos la capacidad de racionalizar las consecuencias de nuestros actos en una escala de abstracción y consciencia que nos diferencia de otros. Los otros seres, como comunidad, tienen aprehendidos mecanismos de supervivencia colectivos – donde el individuo es sacrificado en beneficio del mantenimiento de la población[19] -, y han desarrollado respuestas programadas ante fenómenos más o menos previsibles: cambios de temperatura, ataques de otras especies, etc. Nosotros también, pero hemos hecho (en el entorno de alto consumo energético) de la defensa de la vida humana – individuo a individuo – un santo y seña ideológico de nuestra civilización moderna, y preferimos evitar pensar que nuestro concepto de individuo contemporáneo está forjado en la era de la gran disponibilidad de recursos, exclusiva de un espacio y tiempo muy concreto de nuestra presencia sobre la faz de la Tierra, e irrepetible tanto por el declive de los recursos ya existentes como de la energía para procesarlos.

El debate principal de estos nuevos tiempos será, ya no energético o político, sino poblacional, y la forma en que la especie afronte la competencia creciente por los recursos en declive. Esquivar el debate no será posible, aunque difícilmente veremos explicitar los términos de la cuestión en la forma dicha, y hacerlo así traerá peores consecuencias que las que se quieren evitar: básicamente, ahondaremos previsiblemente en la inercia de nuestro actual modus vivendi, que acelera el agotamiento y empeora las condiciones en que la población de cualquier zona habitada del Mundo afrontará este periodo de ajuste.

¿Nos enfrentaremos realmente al debate?

Al margen de consideraciones abstrusas, que simplemente desechen abordar siquiera la cuestión poblacional, surgen la cuestión de si realmente “nuestra generación” afrontará problemas como los que amenazadamente describen algunos apocalípticos que advierten, para incomodidad colectiva del hombre contemporáneo, que rehúsa hablar de los límites y del ajuste y declive natural que corresponde a una situación de sobrepasamiento[20] de nuestra capacidad de carga. La pregunta surge por parte del hombre actual, separado de la consideración esencial de su continuidad como especie como elemento básico para nuestra presencia en la Tierra: el hombre moderno quiere saber si él se salvará, no si se salvarán las próximas generaciones, y prefiere evitar la básica cuestión[21]. Precisamente esa cuestión – la enorme apatía en el empeño humano por defender su especie más allá de las poblaciones concretas – se encuentra en el origen del debate: la escala de la población humana actual parece paralizar los procesos “globalizadores solidarios”, a favor de la competencia y guerra por los recursos[22]. Nada extraño, se dirá, que las poblaciones combatan entre sí por los recursos, como siempre ha ocurrido, se añadirá, y quedaría zanjado el debate. Pero, al tiempo que resulta “humano” pensar en clave de la presencia de nuestra generación – o las próximas durante el siglo XXI – como realmente las últimas que merecen gozar de los bienes de la Tierra[23], o que lo “humano” es concebir la permanente lucha entre poblaciones o facciones de la especie como vía de resolución de los conflictos, también resulta quizás más genuinamente humano aventurar propuestas, de la dimensión que se considere, para poder afrontar el debate de la escasez y su relación con la población, de manera abierta, y procurando trascender – probablemente recuperando esquemas mentales del hombre premoderno, anónimo y prefaústico[24] - de nuestra singular presencia en estas décadas iniciales del Siglo XXI, para poner algunas bases que permitan hablar, al menos, de “disminuir la velocidad del impacto con los límites”, activando los “frenos de emergencia”[25] y, sobre todo, ofrecer la información para la preparación moral y material de los seres de la era hiperindustrial, para sobrellevar mejor escenarios inevitables de cambio, declive y ajuste vital. Bien es cierto que estas reflexiones, a su vez, pueden nacer del idealismo que preña nuestras concepciones vitales: surgió el idealismo colectivo moderno occidental, precisamente, de la posibilidad de abstraerse de los límites, y todo ello gracias, por un lado, a la disponibilidad de energía suficiente para que sectores crecientes de la población pudieran dedicar tiempo a algo más que la supervivencia; y, por otro lado, es deudor ese idealismo del imaginario dominio de los designios y pretendida “planificación” del conjunto de la sociedad que tiene el hombre tecnológico, fruto de la euforia energética de los hidrocarburos.

Los indicios crecientes advierten de grandes dilemas para la presente generación en el Planeta. Sin duda alguna, para los hijos de los que trabajan hoy en la Tierra, pero también para los primeros. Nadie conoce el futuro, pero éste es algo previsible conociendo las principales variables. La gama del pastel de análisis del hiperinformado hombre actual carece de alguno de los colores primarios, y el cuadro que pinta parece adolecer de formas reales: la distorsión de la percepción de la realidad, fruto de la aceleración del tiempo y la confusión de los espacios que ofrece la hipermovilidad, no permite el sosiego para calibrar el funcionamiento del ecosistema humano y sus límites evidentes. Incorporar todas las variables exige un esfuerzo y tiene unas consecuencias que hacen aflorar demasiadas y abrumadoras evidencias (quizás más de las que tolera nuestro extraviado ser tecnológico) de que vivimos sobrepasando los límites y que los ajustes vitales formarán parte de nuestra experiencia durante alguna parte de la presente etapa histórica.

Los declives llaman a la puerta: Canarias, de la abundancia a la incertidumbre del colapso.

Vivimos momentos de gran tensión por los recursos, y de crecientes evidencias de que su disponibilidad será menor en relativamente poco tiempo. La gran velocidad del incremento de los consumos de minerales, recursos energéticos, tierra y agua, obstaculiza el que podamos presenciar con la altura de miras necesaria cómo hemos llegado a los límites y sobrepasados éstos ampliamente[26]. Una de las formas que tiene la economía de los países con moneda estable para afrontar los episodios de creciente escasez es la inflación, hiperinflación y devaluación de su moneda, de la misma manera que en otros con menor renta lo es la interrupción pura y dura del suministro. Pero las fronteras de la escasez se están diluyendo, y nadie está excluido de sufrir directa o indirectamente los efectos de este cambio de era.

El declive de recursos puede tener consecuencias más o menos expeditas sobre la capacidad de carga de una población en un territorio determinado. La gran movilidad existente, a la que el Planeta dedica decenas millones de barriles de petróleo al día, permite desplazamientos históricos insólitos de población, mercancías y alimentos, y disuelve en el magma de la globalización las tensiones poblacionales que, sin embargo, suelen estallar con cierta frecuencia en forma de hambrunas, conflictos entre territorios limítrofes o episodios de violento racismo u ostracismo santificado por la legislación de extranjería oportuna.

En ese contexto de incrementos de la abundancia, surgió la Canarias contemporánea, fruto del exceso de energía disponible, que sirvió para generar la economía turística mundial. Como es sabido, los desarrollos de la aviación militar de la segunda guerra mundial dieron alas a la aviación civil comercial, y a la creación, en la era de los mayores descubrimientos de petróleo de la historia – los años 60 – de una red mundial de establecimientos donde los mayores consumidores de energía se trasladaban de latitud, del Norte frío al clima templado. La evolución reciente de las Islas es fruto de la economía del ocio, y en ese contexto ha pasado las últimas décadas de crecimiento acelerado, tras una Historia moderna de contratiempos – epidemias, hambrunas, crisis económicas, cambios productivos, desabastecimiento, emigraciones masivas, etc. – que parecía tener final con las décadas de crecimiento continuo de los flujos de materiales y energía. Es preciso reconocer que la abundancia energética del petróleo posibilitó, a través de la revolución del transporte en todos sus modos, la creación ex profeso de lugares otrora áridos e inhóspitos, en pretendidos paraísos del placer, donde poner precio al culto al cuerpo y la ociosidad que ha supuesto el nacimiento del turismo de masas.

La sorpresa mayúscula de la revalorización del malpaís y las dunas de arena, y la conversión de eriales que vieron pasar momentos de hambre y miseria, en parcelas de valor multimillonario ha sido el fruto de la gran riada monetaria (en realidad, energía valorada en moneda como medio de cambio) que generó la multiplicación de la disposición de mercancías y dinero para transar. La disposición de bienes y un salario estable disparó la economía creciente que especializó cada uno de los segmentos de la vida diaria: del trabajo, surgieron miles de nuevas actividades; de la comida, la enormidad de la restauración y las grandes cadenas alimentarias; del vestido, la moda; de la limpieza, la estética y la cirugía; de la salud, los enormes hospitales; de la educación, los infinitos estudios y del ocio, el turismo, los juegos de azar y la electrónica infinita de consumo de los momentos “no productivos” del día. Esta especialización del espacio y el tiempo, fruto de disponer de miles de “esclavos energéticos”[27] a nuestra vera, en forma de máquinas activadas con combustibles fósiles, ha creado a su vez al hombre hiperespecializado que, en su finitud vital, orienta sus pasos a cualquiera de las grandes áreas de la sociedad compleja hiperindustrial. El homo ociossus masivus surge de esa especialización, y para su confort ha surgido el turismo.

En la era de los declives, como sabemos, y como ha ocurrido en la Historia, las urgencias y necesidades priman sobre los momentos de placer, aunque éstos sean siempre imprescindibles para “aguar las penas”. Al disminuir los “excesos”, la energía disponible se reconduce a atender, de forma creciente, las necesidades primarias de alimentación y sustento en general, reparación del complejo de infraestructuras, seguridad, etc. En esa era, el turismo de larga distancia comienza a carecer de sentido en su dimensión masiva, aunque cobra vigor entre los beneficiarios, siempre escasos, del acaparamiento y especulación que causan siempre los procesos de escasez[28]. Esta minoría no alimenta la enormidad urbanística y de movilidad creada para alimentar territorios especializados en la era de los excesos. Es normal, pues, que esos territorios declinen con la actividad que les vio nacer.

La Canarias contemporánea atrajo a cientos de miles de personas y permitió invertir los procesos migratorios inherentes a la historia insular, procesos lógicos en un espacio geográfico con escasez de territorio y agua disponible de forma permanente, garantizando sustento al menos para dos generaciones de isleños de la segunda mitad Siglo XX, hijos de retornados o de la diezmada población de la posguerra española y mundial. El progreso de los años de paz permitió la multiplicación de la población[29], y generó lo que hoy conocemos: un territorio de 7.447 kilómetros cuadrados poblado por más de dos millones de personas.

Ante el declive, la pregunta lógica es: ¿cómo será el ajuste?

Nos centramos aquí en el “ajuste poblacional”, partiendo del escenario de creciente escasez que se ha descrito, protagonizada, principal pero no exclusivamente, por el cenit y declive permanente del petróleo. Podemos hablar de varios procesos simultáneos en la dinámica de la población en los próximos años – lustros, a nivel global y en Canarias, en un proceso complejo y lleno de variables indeterminadas:

- Incremento de las migraciones de población: el Siglo XXI será un Siglo de ingentes movimientos de población, en la medida en que colapsen los diferentes territorios con menos recursos energéticos, y la posibilidad de sus organizaciones socioeconómicas para albergar la población que tienen. Hay una creciente lista de países que tienen situación de escasez crónica de suministro energético[30], y hay previsiones de incrementos de los problemas de escasez alimentaria, agravados por las subidas de precios de las materias primas agrícolas[31].

- Refuerzo de los mecanismos de exclusión de nueva población en territorios, especialmente en los que poseen más recursos. En última instancia, este cierre de fronteras llevará a la militarización. Hasta ahora, los movimientos migratorios venían dados por el flujo Sur – Norte, en el que el Norte tenía “capacidad” creada para incluir porcentajes determinados de inmigrantes para ocupar las franjas de trabajo menos valorados. Todo ello se hace sobre la base del crecimiento económico, a su vez, basado en la mayor disposición de energía disponible. Sin embargo, se ha advertido que el cenit absoluto de energía disponible para la Humanidad puede tener lugar, en términos históricos, alrededor de 2015-2020, para seguir un posterior declive histórico en la disponibilidad de combustibles fósiles, o pronósticos mucho más sombríos para el conjunto de la civilización industrial, cuya dependencia del sistema eléctrico de disposición permanente de flujos le hace muy vulnerable en cuanto se prodiguen posibles apagones – ya existentes de forma amplia en el Mundo – por fallos de la red, escasez de suministro, factores socioeconómicos, etc[32]. Por otro lado la disponibilidad per capita de petróleo por persona ha ido descendiendo desde los años 80 del Siglo XX[33]. Ya hoy la energía disponible se distribuye de forma muy desigual, por lo que el comienzo de ese declive histórico excluirá directamente, de forma progresiva, a zonas cada vez más grandes de las posibilidades de acceder a “cada vez más” recursos energéticos (“el barco se empieza a hundir por debajo”). La consecuencia de ese cambio histórico implicará la quiebra de los modelos económicos basados en el crecimiento, y en el intento de “mejora” continua, precisamente el modelo que ha atraído a poblaciones de zonas menos favorecidas en ese reparto. La continua “destrucción de la demanda” hará cada vez más inviable mantener fuerzas de trabajo crecientes, y comenzará el proceso de “destrucción de la oferta de trabajo”, lo que reforzará las restricciones en el acceso al trabajo por parte de “no nacionales”. El desempleo local reforzará la “legitimación” en la adopción de decisiones públicas en ese sentido excluyente.

- Las guerras por los recursos (agua, energia, minerales) se incrementarán, y la dimensión y frecuencia de las mismas dependerá de la disponibilidad de aquéllos recursos, la capacidad de adaptación de las nuevas circunstancias de declive, etc. Es probable que, en respuesta a la escasez, las opciones totalitarias sean más habituales en mayores lugares del Mundo, así como los estados de excepción, etc. Hay que tener en cuenta que las interrupciones de suministro energético harán que los demás recursos (por ejemplo, el agua) sean aún menos accesibles, lo que agudizará la competencia por ellos.

- La higiene moderna es fruto de la energía accesible directa y permanentemente. También lo es el suministro alimentario continuo, así como el de los mismos flujos energéticos para el funcionamiento de los sistemas básicos de salud, de saneamiento de aguas, etc. Existen zonas del Mundo – y Canarias es un territorio “ejemplar” en ello – virtualmente creadas a partir de esa abundancia. La interrupción de flujos y la dificultad creciente para sobreponerse al deterioro de las infraestructuras así como a los momentos extraordinarios de alteración del devenir habitual del funcionamiento de un sistema, serán episodios que podrán acelerar procesos de deterioro o de declive de la población, a través de la proliferación de hambrunas, epidemias, etc. Ya son habituales estos episodios en diferentes países del Mundo: no existen sociedades infalibles, y la mayor dependencia implicará mayor riesgo de colapso poblacional en caso de desconexión de la abundancia energética y de suministro de otros insumos básicos.

- el balance entre la aceptación inevitable del descenso energético y el pánico también comprensible, será importante para el proceso de adaptación al declive energético, y sus consecuencias sobre la capacidad de carga de la población. Cuando existe escasez, existe aprovisionamiento de víveres, apresuramiento en la toma de decisiones, acciones de sabotaje ante el incremento del malestar, y se desdibujan la prevención y previsión de medios que se considera importante para momentos de incertidumbre o crisis. En este caso, las sociedades – y especialmente su manera de afrontar esos momentos decisorios – sufrirán más en cuanto menos estén habituadas a gestionar momentos de cambio brusco en la disposición de recursos, y confíen más en la abundancia permanente. Paradójicamente, y siguiendo la máxima bíblica, los últimos en consumo, serán los primeros y más preparados para poder afrontar esas situaciones.

Esta dinámica poco halagüeña cuenta con muchas resistencias para su aceptación, especialmente entre quienes viven las zonas más desarrolladas del Mundo. Es muy fácil de entender para quien ha vivido las penurias de la escasez, pero la exuberancia energética nubla la visión más desapasionada y genera ficciones de plenitud constante que no se corresponden con la realidad. Veamos las principales resistencias existentes:

Resistencias a aceptar los límites poblacionales y la relación de capacidad de carga de una población con la energía disponible

Se suele argüir que en realidad hay abundancia, pero que existe un mal reparto de los recursos. Esta manifestación no se sostiene, con un mínimo rigor en el análisis de la información disponible.

Normalmente, se confunde “abundancia” monetaria o de renta con la abundancia energética o de disposición de bienes. Se nos dice que un reparto más equitativo de la “riqueza”, término que se hace equivalente al de dinero, equivaldría a un acceso más equitativo a los recursos que se podrían adquirir con el mismo. La igualdad no equivale a “sostenibilidad”, como parece evidente, aunque podamos en justicia reclamarla para todos. El mismo uso de recursos, en la tasa actual – creciente – en un estado idílico de reparto igualitario únicamente implica alcanzar los límites de forma menos desigual. Por otro lado, el argumento siempre parece válido para los “crecimientos”, pero no para la defensa del decrecimiento: se suele usar el argumento de la igualdad para promover “mejoras”, y así los países pobres alegan para ello que se encuentran lejos de la renta media mundial, como los asalariados de los beneficios empresariales, o de otros asalariados más afortunados, y los ricos de las rentas de los países más prósperos. Cuando se averiguan los porcentajes mínimos “sostenibles” de uso energético para la media mundial, y lo mismo se podría realizar para otros bienes o insumos, salta a la vista que existe un uso competitivo de los recursos: la abundancia convive con la escasez de forma simultánea, y ambas se necesitan, como resulta normal en un Planeta con recursos limitados que ha sobrepasado el uso sostenible de los mismos. Así, sociedades enteras – la canaria –, se han construido sobre la base de la escasez de otras: los flujos de petróleo del Golfo de Guinea no se quedan en esa zona empobrecida, sino que llegan, entre otros destinos, a las Islas, donde mantienen a dos millones de habitantes y el empleo para ello. En caso de que esos millones de barriles de petróleo se quedaran en posesión de la población de esos países, con las infraestructuras adecuadas, en Canarias no se podría vivir, y su población sería manifiestamente inferior a la actual. Así ocurre con cientos de millones de habitantes del Planeta (las zonas urbanas son sintomáticas de ese fenómeno), que engullen velozmente recursos cuya tasa de consumo no se puede extrapolar a una tasa global, pero que tampoco puede descender fácilmente. ¿podría prescindir la sociedad canaria del derroche de un campo de Golf, Puertos deportivos, zonas de lujo, etc? Ese uso tan suntuario y prescindible de la energía, si usamos la media mundial, es imprescindible para una economía creada ex profeso para atender al ocio de la sociedad rica; esa creación carece de alternativa en su misma escala: ¿alguien imagina Fuerteventura con la población que hoy acoge, pero sin actividad turística atraída por esa combinación de placenteras playas y servicios de lujo? Un reparto igualitario de los recursos no garantiza el mantenimiento de poblaciones muy dependientes de la “abundancia” (pero más frágiles en términos de posesión real de recursos) y, sin límites absolutos, únicamente reparte la insostenibilidad, y no afronta los límites físicos totales en el uso de los recursos (reiteramos que los no renovables, además, son disponibles en tasas cada vez menores una vez se supera un umbral – cenit – de extracción).

La confianza en la tecnología es otra fórmula para intentar evitar la cuestión del límite poblacional. Se piensa que existirán o existen tecnologías que permite ampliar la disposición alimentaria. Sin embargo, lo que precisamente hacen éstas, en una valoración global, es “incrementar el apetito por los recursos, en vez de la capacidad de carga del Planeta”, que es lógicamente finita[34]. La mayor disposición de tecnología nos ha hecho, colectivamente, más ambiciosos en la apetencia de nuevos recursos, y generalmente éstos no han servido para mantener la sostenibilidad, en el tiempo de la disponibilidad de recursos. Es un instrumento, pero no un modo de garantizar el mantenimiento de la población. La disposición de tecnología – que tienen las sociedades que disponen de recursos energéticos para que aquélla tenga sentido – pone a disposición del hombre multitud de recursos esenciales, pero lo que ha favorecido es la magnífica multiplicación de nuestra especie en el Globo, y que cada uno de los miembros de esa especie disponga de mayor energía exosomática disponible, esto es, que acelera el agotamiento de los recursos no renovables y permite agostar los renovables, precisamente si se dispone de los medios tecnológicos para ello - hasta la extenuación: talas masivas de árboles con grandes maquinarias, declive de acuíferos con extraordinarias máquinas de succión, destrucción de bancos de pesca con una sofisticada flota pesquera y sistemas de seguimiento de alta tecnología, etc.

Los argumentos que obvian los límites de disponibilidad de recursos como límites para la población, obedecen más al ámbito de los preceptos basados en la fe irracional que en el cómputo dinámico de un ecosistema global con la capacidad de carga superada. Como se ha dicho en tantas ocasiones, obviar la discusión no impide que los hechos se sucedan: obviar que existen límites no impide que éstos sean cada vez más cercanos para cada vez más población en el Planeta.

¿Cuál será la capacidad de carga del territorio? El caso de Canarias.

La capacidad de carga de Canarias vendrá dada por el proceso de “desglobalización” que la Humanidad vivirá con el declive del petróleo. Al ser éste un elemento esencial – no sustituible en la escala desarrollada – en todos los medios de transporte, Canarias se alejará progresivamente del Mundo, como ya se encuentran otras zonas que nunca profundizaron así sus vínculos ni generaron los lazos de dependencia – y expansión – propios de la globalización. Ese factor – declive de la movilidad – vendrá unido a otros, con indeterminado desenlace, aunque la experiencia de la Historia y lo que ya ocurre en otras zonas del Mundo ofrece indicios suficientes para estimar lo que podría ocurrir: el conflicto violento por los recursos, la huida acaparadora de recursos y el freno a la exportación de los mismos, el fallo de los sistemas complejos (el funcionamiento de nuestra sociedad es un gran ejemplo de complejidad organizativa y de uso de recursos), y un largo etcétera.

Si Canarias soportaba unos pocos cientos de miles de personas en siglos pasados, en un entorno definido no sólo por un determinado esquema de relaciones socioeconómicas sino sobre todo por los límites físicos del territorio y su capacidad de alimentar a la población, y fue norma la emigración como válvula de escape, válvula que también incluía el hambre física, la violencia del rapto pirático o las numerosas epidemias; entonces, el declive del petróleo volverá a poner de relieve los límites físicos existentes y, a falta de alternativa, generará un ajuste de población que, normalmente, y en un largo proceso “no cartografiado”, deberá terminar en un modelo que sustente lo que el suelo agrícola y el agua disponible con escasez energética pueda mantener. Este apocalíptico retorno, de desenlace inevitable en un periodo de tiempo probablemente abarcable en dos o tres generaciones de humanos, devolverá la capacidad de carga de las islas, probablemente a una cifra inferior a la existente en épocas posteriores a la mayor intensificación agrícola de las islas para consumo interior. No olvidemos que Canarias ha abandonado su suelo para la alimentación, y agotado muchos manantiales de superficie; que también su clima, previsiblemente con el cambio climático, será más árido; que existen miles de hectáreas de suelo, antes cultivado, y hoy sepultado en urbanizaciones; que existen plagas agrícolas, semillas menos adaptadas, y una población ansiosa de vida moderna que, a falta de información transparente, difícilmente entenderá los procesos de alejamiento del Mundo, y se sentirá víctima de cualquier conspiración política o socioeconómica, impidiéndole estar mejor preparado para tiempos difíciles.

Básicamente, cada territorio podrá afrontar la población que los recursos de su zona puedan ofrecer. Evidentemente, este proceso será complejo, no lineal y lleno de variables, y episodios que algunos entenderán como vanas esperanzas de no verse afectados por ese declive natural. La relocalización que se reivindica desde algunos movimientos está lejos de ser romántica e idílica para los espacios pobres en recursos. Aquellas zonas que no dispongan de pluviometría suficiente, y que además hayan olvidado cómo almacenar y aprovechar el agua, y que dependan de un complejo sistema tecnológico de desalación – cuyas piezas necesitan ser reparadas e importadas – tienen varias de las cartas marcadas del ajuste poblacional sobre la mesa, a lo largo del Siglo XXI. Se dirá que este escenario no es visible a corto plazo, y efectivamente la enorme fluidez del comercio mundial así lo confirmaría: sin embargo, hablamos del “turning point”, que vivimos en un momento de inflexión – determinado por el declive del petróleo más o menos inminente - y que necesitamos interpretar el futuro con otros modelos mentales, que se alejen de la aceleración que hasta hoy hemos vivido. La optimización de lo existente será básica, pero aún más lo sería la adaptación a esos nuevos momentos de escasez.

Partiendo de lo anterior, es evidente que también Canarias tiene un límite poblacional, que viene dado por su acceso a los recursos vitales, y también podemos afirmar que ese “límite” no es fijo, sino que responde a las dinámicas de disposición de los recursos.

¿De cuánta fuerza – potencia dispondrán los canarios de finales del Siglo XXI para poder vivir? Ese será el dato objetivo que delimite la capacidad de carga y la población posible, como siempre ha ocurrido. A finales del Siglo XXI, sin combustibles fósiles accesibles, es probable que el habitante de la isla dependa exclusivamente de la madera de sus bosques, en las islas que tengan zonas forestales sin devastar (la búsqueda del sustento ha llevado a zonas enteras del Planeta a talarse de forma definitiva); de los productos de la tierra, y el agua disponible en zonas de almacenaje superficial, o pequeñas galerías disponibles. También se dispondrá de aquello que se pueda marisquear o pescar. Hablamos de un retorno abismal inimaginable hoy pero factible, en la medida en que no se haya encontrado sustituto a la sociedad del hidrocarburo, que para entonces ya formaría parte de la Historia.

Este duro retorno a la realidad local llevará a “pensar localmente” como siempre se hizo, antes de que el Mundo se recreara en mercancías de orígenes lejanos. Será lógica la comarcalización del hábitat, y la disposición de la población en aquellas zonas, con mayor diversidad de recursos. Si aún existiera comercio más allá del ámbito local en ese lejano Siglo XXII, éste tendría más que ver, quizás, con el pasado pirático en las islas que con el turismo de masas, ya que el Mundo no dispondrá de demasiados recursos energéticos para poder movilizar mercancías y a personas, y el coste de los transportes será inasumible en una escala similar a la actual. ¿De qué material serán los barcos del futuro? Sin bosques que talar, y sin grandes reservas de combustible con las que fundir el hierro, el retorno a una estrepitosa situación preindustrial es más verosímil cuanto más hundamos hoy al Planeta en la aceleración del consumo de recursos.

Este ejercicio de “madmaxismo”[35] resulta necesario para concebir un posible escenario al final del otro lado de la curva del cenit del petróleo. Sin él, no podemos vislumbrar hasta dónde puede llegar la sociedad en su descenso energético, y sin él no podemos conocer hasta qué formidable techo ha llegado nuestra sociedad en el uso máximo histórico de recursos fósiles.

Los procesos de tribalización, violencia por los recursos, depauperación, reproducción de epidemias olvidadas, etc. son contemporáneos al del hombre industrial. Pertenecen al lado oscuro – pero imprescindible - de nuestra civilización brillante y veloz, aunque normalmente el lector moderno, con acceso a la reflexión ociosa, se siente ajeno a él: donde residen las aguas putrefactas, la falta de pavimento en las calles, la escasez de cosechas, las ventiscas y las bandas organizadas, la vida se desenvuelve con acceso muy limitado a lo que permite subsistir. Existen cientos de millones de personas en el Mundo que ya hoy viven en esas circunstancias, o les rodea la incertidumbre, y su vida depende de la crecida de un río, o un vendaval que disponga de sus precarios hogares. ¿Por qué nos habría de extrañar que los escenarios que hoy ya son visibles se apoderen de los aparentemente infalibles entornos hiperiluminados y de alta entropía?

Superpoblación global, superpoblación local: ¿control de población en Canarias?

El Planeta ha multiplicado su población gracias a los hidrocarburos, y presenciará su descenso a partir del pleno descenso de su disponibilidad, porque somos seres forjados y alimentados gracias a ellos. Si a un hombre del bosque del Amazonas le privan de sus árboles, agua del río y alimentos que allí consigue, perece. El hombre industrial urbano tiene el mismo tipo de dependencia de los pozos de petróleo y yacimientos de gas y carbón. Si éstos se agotan, ninguna esperanza queda para su supervivencia como hombre industrializado, y llegaría el hombre posindustrial, con tintes preindustriales, a rondarnos. Habrá quien se aferre a las fantasías mitológicas relacionadas con la energía infinita, ajena a las Leyes de la física, pero la realidad da muestras constantes de qué ocurre cuando no se dispone de hidrocarburos abundantes. Sabemos que el proceso de agotamiento está lleno de variables de variopinto calado, y que éste no será uniforme. Hemos intentado estremecernos con imágenes que podríamos considerar apocalípticas – aunque posibles a poco que fallaran los engranajes poderosos de nuestro frágil y complejo sistema. Como dice Joseph Tainter, sabemos que nuestra civilización puede colapsar, porque ya muchas otras antes lo hicieron[36].

El hidrocarburo abundante nos multiplicó, y pobló el Planeta mucho más allá de su hipotética capacidad de carga para seres humanos: una cifra inextricable, indefinida, y que necesariamente tendrá un reflejo local, una vez que cese el tráfico incesante de mercancías y seres a lo largo del Mundo.

La superpoblación es un fenómeno local y global, y pocos espacios de la Tierra son ajenos a él. Mientras colapsen territorios, como hemos dicho, la movilidad existente desplazará ingentes cantidades de humanos de un lado a otro, como hoy ya ocurre con los desplazados por los conflictos militares, tan unidos a la escasez en todos los momentos de la Historia.

Así, Canarias está superpoblada porque así lo está también el Planeta que habitamos.

Pero, ¿y hoy?

El lector que se adentre y supere esta lectura preguntará qué debe hacerse hoy, que el insular se considera infalible ante el devenir convulso del Mundo, aunque atisbe un preocupante escenario de futuro. ¿Se debe cerrar la frontera? ¿Hasta qué punto la isla pequeña puede permitir albergar más población? ¿Debe Canarias fortificarse para el futuro? ¿O más bien debe estimular el desahogo poblacional, y el retorno a la emigración? ¿De qué tiempo se dispone para reaccionar? ¿Qué hacer mientras tanto?

La postura occidental está siendo de forma creciente la de la fortificación y cierre de fronteras, al tiempo que receptora de la población “excedente” de otras zonas con menos recursos disponibles, aunque útiles para los trabajos menos valorados. Al tiempo, se rechaza normalmente al subsahariano, por diversos motivos: color, en un ejercicio de racismo; descomposición de sus países de origen, incapacidad de canalizar con mínima formalidad su demanda de regularización, sin riesgo de convertirlo en un fenómeno de masas, etc. Se ha optado por la regularización de hecho, y la tolerancia, en un proceso reciente de euforia económica que permitió acelerar aún más la transformación de los sistemas productivos más ricos. Sabemos que los momentos de declive normalmente serán recibidos con mensajes más o menos turbios, que impedirán conocer la verdadera dimensión histórica del fenómeno. Es más, se usará el chivo expiatorio de la población del exterior para argüir que su presencia impide alcanzar verdaderos objetivos de paz social. El racismo y la exclusión por razones diversas es la consecuencia de ese caldo de cultivo. No se dirá en esas arengas que las Islas, en realidad, viven gracias a recursos de otros lugares, con poblaciones en otros lugares – muchos de ellos emigrantes – que no tienen recursos, y que las situaciones de emigración son universales, y en toda la Historia han afectado a los Isleños, debido a su pobreza. También Canarias vivirá de nuevo la emigración, en momentos de interrupción o carestía extrema de los insumos, pero se emigrará a un Planeta “lleno”, con un problema global de escasez. La desesperación tiene rostro infame, y permite desplegar, como se dice, lo peor y lo mejor del humano.

En este escenario cabe el pragmatismo, como cabe el plan individual. ¿Cabe el control de la marea social de incomprensión que arrastra la escasez? ¿Sería el autocomplaciente hombre moderno capaz de entender el declive sin increpar al otro, que entró en declive antes que él?

Este panorama estremecedor debe dejar espacio para la acción. Como dice una cita magistral del poeta inglés Thomas Hardy al comienzo del documental “The end of suburbia”, “si hay un camino hacia lo mejor, éste comienza con una mirada completa hacia lo peor”[37]

Restringir fronteras para las personas pero no para los materiales y energía es una regla de exclusión que ha posibilitado el desarrollo de las zonas desarrolladas, a expensas de otras. En todo caso, debe quedar reflejado que cualquier mecanismo de exclusión que no contemple a su vez la disminución del volumen de recursos exógenos que se importan supone un acto de incremento de la rapiña que, por otro lado, es la que nos mantiene con vida. Vive la sociedad “moderna” atrapada en su riqueza, y precisa necesariamente hoy de la pobreza y exclusión de los otros. Cualquier propuesta solidaria debe pasar, en primer lugar, por un descenso drástico del consumo en las zonas ricas. Reiteramos que ese proceso, en un mundo competitivo y lleno, en absoluto es sencillo. De entrada, la reducción sistemática de insumos energéticos o alimentarios del exterior en las islas provocaría, en el modo actual de crecimiento, el paro crónico y la pobreza material de un porcentaje alto de la población local, algo que muchos considerarían inadmisible, aunque se argumentara que ello se hace para favorecer el acceso a la energía fósil en cantidades mínimas por parte de la población subsahariana.

La resolución del conflicto: el retorno a la humanidad.

Quizás el hombre precise de mundos ideales para actuar. En este ámbito, la construcción de “botes salvavidas”[38] quizás sea la decisión más inteligente. No se trata de “salvarnos todos” en un indeterminado proceso de declive, sino de crear espacios para el futuro, necesariamente locales, “humanos”, con lo mejor de esta época y el resguardo mayor que se pueda para el futuro: con las técnicas de acumulación de agua, la preservación del suelo fértil y sus semillas, los instrumentos básicos de sanidad y la siempre necesaria defensa, añadiendo los conocimientos y el espíritu de seres preparados mentalmente para tiempos convulsos. Esos espacios de transición hacia lo local se llenarán de proyecto y realismo al tiempo. Esos espacios, igualmente, no entienden de grandes acciones institucionales y se sitúan al margen claramente de los aparatos del poder, porque éste está destinado a perpetuar la complejidad imposible de gran uso energético que no se puede mantener: el poder, o se adapta a la nueva realidad y sacrifica su escala – algo difícil en un instrumento de ese tipo – o está destinado a agudizar su papel de opresión reguladora y distribuidora de la escasez. No se trata de subvertir el orden existente, sino de construir una realidad paralela que se desincruste en la medida de lo posible de aquella, pero también resistente, que quiere recrear mundos del futuro en imprescindibles ensayos de hoy.

En ese espacio, puede entrar quien decida entrar, y se intentará excluir al incómodo intruso, sea cual fuere su origen. Será una reacción humana, tanto más correcta cuanto más humanos – locales - sean los espacios para el futuro, como siempre ha existido. La exclusión no es aquí territorio del poderoso, sino del superviviente – poderoso en instrumentos útiles de futuro pospetróleo – que necesita autoprotegerse y proteger su saga. No se trata de escenarios ideales, sino de posibles marcos territoriales de protección común, y empoderamiento de lo endógeno.

Quizás desilusione el que aquí se contemple como “imposible” un arreglo colectivo, institucional y global al problema del ajuste poblacional. Partimos de que el camino a lo local debe empezar con el protagonismo de quienes quieran, no vivir a toda velocidad la llegada del cenit y declive, sino planificar concienzuda y anticipadamente (es decir, ya) el descenso energético y la renuncia asumida a la globalización. Como la era de la abundancia excluyó a quienes se intentaban sustentar con los medios cercanos, y así se dispuso la legislación, las normas de comportamiento socioeconómico en la era de la creciente escasez excluirían a quienes no quieran vivir en semejante escenario de declive.

Sin embargo, resulta rechazable moralmente mantener la “frontera cerrada” para las personas pero no para los recursos de esas zonas. Sería asumible una estrategia local de frontera en un plan real de reducción del consumo en términos absolutos. Esa política, finalmente, llevaría también a la emigración, porque en zonas como Canarias una reducción de las importaciones de bienes de todo tipo llevaría a la población a salir de las islas. Se quiere mantener una zona dorada de uso de recursos del exterior, y blindar la frontera para evitar que el reparto declinante afecte a los locales. Es una fórmula habitual, pero fallida, por cuanto agudiza la falsa sensación de bienestar en el consumo, que tiene unas bases muy endebles. Cerrar las fronteras para la entrada de las personas pero intentar abrirlas aún más para los bienes, únicamente agrava el problema, porque esconde los motivos reales de insostenibilidad de la población actual de las islas.

Más allá, una decisión adecuada podría ser, como ya se ha comentado, el fomento de la emigración de las islas, y su “despoblamiento” más o menos incentivado. Este hecho vendrá por la vía del declive de los recursos naturales, pero retardar la toma de decisiones – tanto de freno de la dinámica expansiva de población local y mundial como de expansión de la importación de bienes de consumo – perjudica al futuro y a las posibilidades de sustentación de más población.

El debate en torno a la población es complejo y cargado de tintes de gran emotividad. Cabe, comprensiblemente, ignorar los límites y declarar la libertad de circulación total como fórmula mundial de autogestión de la población. Finalmente ese sistema regularía igualmente el ajuste poblacional, aunque supondría el fin del Estado, y bien al contrario, el futuro parece depararnos un refuerzo de su estructura de control. Precisamente la otra opción sería forjar espacios locales que intenten sostenerse de forma más autónoma, y que regularían autónomamente sus flujos de población (habría normas de entrada y salida de población), para mantener los recursos de la zona de forma más sostenible, en su caso contra cualquier otro poder establecido. Si, por ejemplo, un pueblo dispone de tantas hectáreas de suelo y de una cantidad determinada de agua disponible, sería lógico limitar la población local a lo que ese espacio vital pueda alimentar, incluyendo la población de tiro animal necesaria para alimentarla. Permitir la incorporación de más población en ese territorio únicamente agravaría los problemas para todos. Esta otra opción genera necesariamente exclusión, y esa exclusión adquiere tintes sombríos en épocas de escasez. La “justicia” tendrá carácter local, y las reglas serán las impuestas para mantener esa localidad de la forma más estable posible. Quizás nos tengamos que desprender de las “soluciones globales” en la medida en que nos estamos desprendiendo de la globalización. Lo más justo pasaría, al parecer, por un “descenso” participativo hacia lo local, y en ese escenario es lógico y humano que quien opte por esa opción de renuncia pueda poner el límite que le permita mantener la población estable, y una Humanidad con más posibilidades de no esquilmar aún más los recursos renovables no infinitos. Ahí las fronteras tienen sentido, pero resultan estremecedoras para mantener la injusta distribución actual de los recursos. El retorno a la “humanidad” implicará la escala cercana: una escala que será sostenible o no será, y parte imprescindible de esa “sostenibilidad” será recordar que todos los territorios tienen una capacidad de carga limitada y que el ajuste es inevitable para aquellas sociedades – como la nuestra – que la han traspasado desde hace ya varias generaciones.


[1] El calificativo de “incómodo” pretende reflejar la actitud que transmite el título de la película homónima “Una verdad incómoda”, protagonizada por Al Gore, sobre el cambio climático, en la que se nos exhorta a actuar y cambiar ante un fenómeno de la trascendencia del calentamiento global. Curiosamente, en el citado documental se hace referencia puntual al crecimiento exponencial extraordinario de la población mundial en las últimas seis generaciones aunque, quizás por no causar más “incomodidad” no se profundiza en la “sostenibilidad” de esa cifra ante los riesgos climáticos y de destrucción creciente de los hábitats que la misma película aborda.
[2] El Presidente del Gobierno de Canarias, Paulino Rivero, ha vinculado, en un encuentro relacionado con las actuaciones relativas al desarrollo sostenible, la cuestión de la población con la posibilidad de un territorio para acoger una cantidad determinada, y relacionado a su vez con la necesidad de limitar los flujos migratorios que en los últimos años han generado un crecimiento de la población de las islas. Expresó literalmente “O controlamos el crecimiento de la población o no hay políticas de desarrollo sostenible”. Declaraciones tomadas de http://www.canariasahora.com/ (17 de octubre de 2007).

[3] La población de Canarias ha presentado una evolución espectacular en las últimas generaciones. Así, en un cuarto de milenio, desde 1768, la población de las Islas se multiplicó por trece, pasando de 155.763 habitantes en ese año a los más de 2 millones del año 2007. Destacar que a comienzos del siglo XX la población de las islas era de 364.408, más de cinco veces menos que la del año 2000. La aceleración del crecimiento se hace palpable en los primeros años del Siglo XX, cuando las islas pasan de 1.716.276 habitantes del año 2000, a los 2 millones del año 2007. Datos obtenidos del Informe del Instituto Canario de estadísticas (ISTAC), disponibles en http://www.gobiernodecanarias.org/istac/estadisticas/php/saltarA.php?mid=/istac/notasdeprensa/np_20061124_EvolucionHistoricaPoblacion.pdf

[4] El equilibrio del que hablamos tiene en cuenta, no obstante, la “sucesión ecológica” propia de la Vida. Es un equilibrio intrínsecamente inestable, sujeto a las leyes de la evolución, cuyo legítimo intento por ser alcanzado nada menos que a nivel global choca de forma inmediata con la “desglobalización” que el Planeta vivirá en las próximas décadas (ver más adelante).
[5] SARMIENTO, Guillermo; Los ecosistemas y la ecosfera; Barcelona, Editorial Blume. Pg. 17
[6] MALTHUS, Robert; Primer ensayo sobre la población, 1798, Madrid, Editorial Alianza, 1995
[7] Ibidem, pg. 68
[8] Ver artículo “Malthus, de vuelta por Canarias”.
[9] DAVID HUGHES, J.: The energy sustainability dilemma: can alternatives to oil bail us out? Expuesto en Houston – ASPO World Oil Conference, en octubre de 2007: “la energía primaria per capita se incrementó un 757% en el periodo 1850 – 2006; el consumo per capita se multiplicó 8 veces en ese periodo y el consumo de recursos energéticos renovables (madera e hidroeléctrica) y fósiles, por 43 veces. El 90% del petróleo consumido por la humanidad se ha realizado desde 1958, y el mismo porcentaje para el gas, desde el año 1963. Disponible en: http://www.aspousa.org/proceedings/houston/presentations/Hughes_ASPO_USA_Oct_18_2007_final.pdf
[10] CATTON, William R.: Overshoot. The ecological basis of revolutionary change, 1982, EE.UU. Illinois
[11] Como nos recuerda Chris Skrebowsky, el 99% de las grasas y lubricantes que hoy usan las máquinas proviene del petróleo. Así pues, en ausencia de éste la maquinaria industrial concebida hoy literalmente se pararía de forma definitiva (los sustitutos en forma de aceites vegetales, como en otros casos, son insignificantes en la escala que se pretende).
[12] Para un magnífico panorama del uso histórico de la madera por el hombre, ver PERLIN, John: Historia de los bosques. El significado de la madera en el desarrollo de la civilización, Gaia Proyecto 2050, 1999, Madrid
[13] “(…)el proceso Haber – Bosch merece probablemente ser considerado como el invento más importante del Siglo XX, puesto que hoy la síntesis del amoniaco (con combustibles fósiles, especialmente gas natural) proporciona más del 99 por ciento de todo el nitrógeno inorgánico aportado a las granjas” (básico para los rendimientos de la agricultura moderna, y la producción de alimentos), tomado de HEINBERG, Richard: Se acabó la fiesta, Beñasque, 2006, Barrabes
[14] PFEIFFER, Dale Allen, Eating Fossil Fuels: Oil, Food And the Coming Crisis in Agriculture, 2006, Editorial Reviews
[15] Hemos pasado de la era de la exuberancia a la era de la presión por parte de la población (population pressure), o era de la pos-exuberancia. “La era de la exuberancia tenía que ser necesariamente transitoria, ya que fueron minados sus propios fundamentos”, en CATTON, William: Overshoot, pg. 24 y ss. op. cit.
[16] “(…) se ha generalizado una nueva fe en una de las más perversas religiones: la que cree ciegamente que la omnipotencia de la ciencia, su hijastra la técnica, y la hija bastarda de ésta, la tecnología, pueden hacer cualquier milagro”, en la visión de PRIETO, Pedro: La crisis energética global. La necesidad de un sector primario (local) autosuficiente, conferencia presentada en La Laguna (Tenerife) el 6 de octubre de 2007, en el transcurso de la III Conferencia “Alimentar Canarias ante la crisis energética”, disponible en http://www.canariasantelacrisisenergetica.org/wp-content/uploads/2007/10/pedro_prieto.pdf
[17] Un ácido diagnóstico de nuestra civilización en permanente “progreso” en LÓPEZ TOBAJAS, Agustín: Manifiesto contra el progreso, José J. de Olañeta, 2006
[18] “hemos convertido el Mundo virtualmente en una única comunidad biótica” según CATTON, William, en Overshoot, op. cit. Nuestro comportamiento de cariz “biológico” se desenvuelve en el ecosistema Tierra, y nuestros errores o aciertos se desenvuelven en ese ámbito, porque disponemos de energía para ello. Probablemente esa dimensión obstaculice aún más las posibilidades de actuación local que requiere cualquier alternativa al actual orden de crecimiento exponencial.
[19] En realidad, también la civilización industrial ejecuta sus planes de conservación de la especie – el hombre de alta entropía – sacrificando vidas de personas que viven en otras latitudes, de personas a las que se les niega el suelo, los recursos fósiles que inclusive se encuentran en su tierra. El hombre rico vive porque el hombre pobre tiene limitada su esperanza de vida de forma importante y limitados los accesos a los recursos mundiales para su supervivencia.
[20] OVERSHOOT,
[21] Esta reflexión surge de las múltiples oportunidades de conocer la opinión de personas acerca de la situación de declive energético, que obvian el debate intergeneracional y la sustentabilidad del Planeta para las próximas generaciones, en aras de perpetuar y optimizar su estilo de vida actual.
[22] KLARE, Michael T.: Guerra por los recursos, Urano, 2003, Barcelona
[23] Como en tiempos de la esclavitud, olvidamos los agraciados por los candores de la civilización tecnológica, que existen porcentajes abrumadores de la población mundial cuya tarea es la supervivencia, y quizás se encuentren en una posición de mayor genuina presencia en la Tierra, que los escasos “privilegiados” del entorno de alta entropía. Por otro lado, como afirma Nicholas Georgescu Roegen (GEORGESCU ROEGEN, Nicholas; Ensayos bioeconómicos. Antología. Edición de Óscar Carpintero, 2007, Madrid, Los libros de la catarata, pg. 51), “es como si la especie humana pareciera decidida a llevar una vida corta pero extravagante”. De hecho, un mínimo criterio de justicia en el uso de los recursos no renovables – esto es, que una vez se usan ya se transforman en algo no aprovechable por el hombre – llevaría a su máximo ahorro y conservación, nos recuerda el ilustre economista. Sin embargo, muy lejos de ello, hoy nos encontramos en un crecimiento – ya limitado por la disposición geológica planetaria de recursos fósiles – completamente acelerado del uso histórico de la Tierra para el uso de esta generación.
[24] GARCIA, Ernest: El trampolín fáustico. Ciencia, mito y poder en el desarrollo sostenible, Valencia, 1999. Ediciones Tilde – Colección Gorgona, espléndido ensayo del sociólogo valenciano, glosado aquí con referencias a las islas: http://decrecimientoencanarias.blogspot.com/2007/02/canarias-ante-el-trampoln-fustico.html
[25] Expresión tomada del libro de Jorge Riechmann, Problemas con los frenos de emergencia: movimientos ecologistas y partidos verdes en Holanda, Alemania y Francia
[26] Albert Einstein llegó a afirmar que el crecimiento exponencial era una de las fuerzas más poderosas de la naturaleza. La aceleración que le es característica lleva a traspasar límites fisicamente mientras que los esquemas y valoraciones mentales de las personas insertas en ese proceso de aceleración permanecen ancladas en modos más estacionarios y, probablemente, más genuinamente humanos.
[27] El filón energético de los combustibles fósiles ha llevado a que cada español disponga, a sus espaldas, del respaldo de potencia equivalente a 45 esclavos energéticos. Extraído de “Raíces económicas del deterioro ecológico y social. Más allá de los dogmas”. José Manuel Naredo, 2006. Siglo XXI. Por su parte, Jorge Riechmann afirma: “Tenemos en estos momentos una circulación de energía de 13 Terawatts (13 billones de Watts). Equivalen a la potencia de 130 mil millones de esclavos energéticos. La población de seis mil millones de seres humanos emplean 22 veces más seres cuasihumanos en la retaguardia. A un esclavo energético le asigno en mis cálculos un cuarto de caballo de fuerza, equivalente a una potencia media de 100 watt, suponiendo un día de trabajo de 12 horas. Es un ser bastante gigantesco. Y tenemos 130 mil millones de ejemplares de ese tipo que contribuyen en sacudir. Ese es el verdadero problema. En “Autolimitación - ¿una necesidad imposible? Desafíos ecológicos para la república de Berlín”, descargable en http://gcn.de/download/HPDespan1.pdf . Por su parte, el boletín de Noviembre de 2007 de ASPO, compilado entre otros por Colin J. Campbell, decía “podemos ahora decir con absoluta seguridad que el Hombre de los hidrocarburos se extinguirá virtualmente durante en este Siglo. El Homo Sapiens salió de África hace unos cuatro millones de años, y se manifestó en primera instancia como una subespecie que denominamos Hombre sostenible, cuyo número creció lentamente durante los siguientes años hasta alcanzar la cifra de alrededor de mil millones de personas cuando nació el Hombre de los hidrocarburos a mediados del Siglo XIX. El Hombre sostenible declinó al tiempo que el Hombre de los hidrocarburos ocupó su lugar, de tal manera que la población mundial creció hasta su nivel actual de 6.6 mil millones de personas. Se calcula que el actual suministro de petróleo es equivalente, en términos energéticos, a 22.000 millones de esclavos trabajando 24 horas al día. En http://www.aspo-ireland.org/contentFiles/newsletterPDFs/newsletter83_200711.pdf
[28] “La línea aérea de los Emiratos Árabes Unidos, con sede en Dubai, encargó 70 aviones del A350 y 11 unidades del modelo gigante A380. El acuerdo lo firmaron el presidente de la compañía Emirates, el jeque Ahmed Bin Saeed Al Maktum, y el presidente de Airbus, Tom Enders, durante el Salón Aeronáutico inaugurado este domingo en Dubai.En un futuro, Emirates podría adquirir, además, otros 50 modelos del A350, lo que elevaría el contrato a unos US$32.000 millones”. http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/business/newsid_7089000/7089588.stm (domingo, 11 de noviembre de 2007).

[29] En 1960, la población canaria alcanzaba los 966.177 habitantes, y en el año 2005, 45 años después, creció un 100%, duplicándose hasta llegar hasta los 1.968.280 habitantes. Comunicación del Instituto Canario de Estadística del 24 de noviembre de 2006.
[30] Para un seguimiento actualizado de las situaciones globales de escasez en el suministro energético, se puede seguir la web http://www.energyshortage.blogspot.com/
[31] “Food crisis begins to bite” (la crisis de alimentos comienza a golpear, titular un diario surafricano la crónica de las repercusiones sobre zonas con déficit alimentario de la subida de los precios de los cereales a nivel internacional), en http://www.mg.co.za/articlePage.aspx?articleid=324663&area=/insight/monitor/
[32] Este complejo cálculo precisa de muchas matizaciones, dado que expresa un “máximo” global ante el que las diferentes regiones del Mundo se comportarán de forma muy diferente. Por ejemplo, en ese máximo global y declive posterior, el declive será mucho mayor para el uso de combustible, y no tanto para la electricidad, aunque existen opiniones que estiman que los fallos del sistema eléctrico serán detonantes de fallos estructurales definitivos en sociedades virtualmente enganchadas al suministro constante de energía. Ver, “World Oil and population”, de Paul Chefurka, en http://www.paulchefurka.ca/WEAP2/WEAP2.html . También ver, “La cima de la producción mundial de petróleo y el camino a la garganta de Olduvai2, por Richard Duncan, y traducido por Pedro Prieto, en http://www.crisisenergetica.org/staticpages/index.php?page=20040205174031934
[33] BALLENILLA, Mariana, y BALLENILLA, Fernando; La tasa de retorno energético, Madrid, El ecologista, número 55, invierno 2007/2008. http://www.ua.es/personal/fernando.ballenilla/Preocupacion/Ballenilla_TRE.pdf
[34] CATTON, William; Overshoot, 1982, University of Illinois Press, Urbana and Chicago, pg. 122.
[35] Mad Max es la película de referencia de todo aquel movimiento que imagina un retorno a la sociedad preindustrial con los artilugios metálicos y los instrumentos tecnológicos, pero con escasez de combustible disponible.
[36] TAINTER, Joseph; The collapse of complex societies, pg.2, Cambridge University Press, 1998
[37] En la cita original, "if a path to a better there be, it begins with a full look at the worst".
[38] RICHARD HEINBERG, Powerdown, op. cit.

1 comentario:

indovinello dijo...

Hola, Juan Jesús, soy Esteve, de l'Entesa pel decreixement. Estoy buscando tu dirección de correo, pero no la veo por ningún sitio. Te agradecería que te pusieses en contacto conmigo: estevelopez(arroba)gmail.com.

Gracias y un saludo.